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jueves

Las Noches Turbias (de @OtrovaGomasREAL) Cap. 4

CAPITULO IV LA EMPRESA 


Tal como había sido acordado, al atardecer del siguiente día, Tulio Monsanto, el hombre castigado por Kurlo, llegó de nuevo al edificio de su agresor. Subió con lentitud por las escaleras como queriendo retrasar el momento del encuentro. Unos jóvenes que descendían jugueteando peligrosamente casi lo tumban, pero logró mantener el equilibrio sosteniéndose del pasamano y apartándolos como pudo. Su cuerpo aún sentía los efectos del lanzamiento contra la pared, y sobre todo el terrible dolor que le causó la apagada del cigarrillo contra el cuello. Su cara reflejaba las incógnitas que lo consumían por dentro desde la noche anterior: ¿Por qué a él? ¿Sería para disculparse? ¿Cuál fue su verdadera intención al escogerlo? La duda no le permitió darse cuenta que pasó de largo el apartamento. Reaccionó apenas empezaba a subir el siguiente piso, y se regresó preocupado, más por la proximidad del momento del encuentro que por el error de distracción. 

Ya frente al sitio todavía dudó por unos instantes. Su mente confundida entre la incertidumbre, el miedo y la turbación que nacía del interior de sus entrañas tuvo un breve instante de rebeldía. Pensó en irse corriendo, dejar todo así y que los demás resolvieran el asunto, pero tomando una enorme bocanada de aire aceptó su destino. El compromiso moral que había asumido con el grupo y con el país pesaba más que otra cosa. Expulsó el aire y acercando la mano al timbre, sin más preámbulos dejó que el índice hiciera su trabajo.(*) 

Al abrirse la puerta apareció la figura maciza de Kurlo. Su cara lucía impasible como cuando lo agarró por la cintura para sacudirlo en el aire. En esta ocasión lo miró con indiferencia y no pronunció ni una palabra. 

-Buenas – dijo Monsanto con voz trémula y medio apagada- aquí estoy... 

En respuesta el dueño de la casa se le quedó mirando, esta vez por un tiempo más largo pero que al otro le parecieron horas, y sin hablar, se apartó un poco haciendo apenas un gesto para que pasara. 

En el momento en que se cerró la puerta del apartamento, el enviado del grupo entró en el reino de la turbación. Detestaba aquel silencio maldito y esa mirada helada que no trasmitía nada. Y no le faltaba razón, porque además del mutismo y que ni siquiera le invitó a sentarse, Kurlo ignorándolo completamente se dirigió a una mesa lateral donde estaba ajustando un instrumento. Allí se sentó dejándolo parado en el medio de la sala como si fuera un fantasma. 

El escozor interno del recién llegado creció. Aquella situación humillante le hacía achicar aún más las fibras morales llevándolas a un nivel que no había conocido antes. Confundido trató de buscar asiento para esperar que lo atendiera, pero apenas se dispuso a hacerlo este le gritó desde lejos: 

-No se siente, esas sillas están en cuarentena para usted, espere parado. 

Solo después de transcurridos casi diez minutos abandonó lo que estaba haciendo, y caminando lentamente hacia el visitante, apuntó: 

-Lo que usted dijo ayer fue una imbecilidad que no me gustó y debe saber que aún no le he castigado. 

El pobre hombre reaccionó instintivamente moviéndose hacia la puerta. Su rostro primero se puso rojo, luego se fue tornando amarillo y después de recorrer varias tonalidades de los atardeceres árticos se detuvo en el blanco puro. 

-Perdone señor, yo no quise ofenderle, fue un decir intrascendente –dijo angustiado- he venido porque nos iba a dar una respuesta, no me vaya a pegar, por favor, se lo suplico, soy un hombre débil, por favor… 

A medida que iba hablando continuaba moviéndose hacia la puerta. 

-No se preocupe–dijo el matón- será un castigo breve, pero no lo puedo perdonar porque para mí es una cuestión de principio. Mi vida ha sido una batalla sin cuartel contra los locos y los necios y usted me califica de eso irrespetando todos mis valores.

Monsanto pensó en correr pero se dio cuenta de que ya era muy tarde, el otro lo había agarrado por el cuello y apretándole con una violencia desproporcionada para el tamaño y la fortaleza de la víctima, que además ni siquiera se defendía, empezó a ahorcarlo haciendo énfasis en apretarlo más duro por el lado de la quemada. En el momento crítico de la asfixia se detuvo. Lo dejó respirar y al constatar que estaba vivo esperó que se recuperara. Notando que aún conservaba aliento lo recostó de la pared y allí empezó a pegarle. Prácticamente le ametralló la cara con golpes de derecha e izquierda repetidos con una armonía impresionante, cada uno más fuerte que el otro. El sonido de los puños era absorbido por la carne donde se estrellaban y se volvían ruidos secos trasmisores de la violencia del castigo. Sus manos recorrían distintos ángulos del rostro venciendo los inútiles intentos por esquivarlos. En cierto momento trató de cubrirse con los dos brazos, pero los puños de su agresor descendieron y empezaron a darle sin piedad en la zona del plexo solar. Se notaba la experiencia extrema de aquel hombre en el arte de demoler las defensas de sus contrincantes. Pero no se detuvo hasta que se dio cuenta que el golpeado había perdido los sentidos y se desmoronaba perezosamente como si fuera un muerto. 

Fue dos horas más tarde, al abrir los ojos, que Tulio Monsanto se percató que estaba en el piso. Miró el techo del apartamento y descubrió o le pareció que este era azul cielo y tenía pintadas estrellas, cometas y luceros. Apenas movió el cuerpo adolorido sintió una voz que no reconoció al primer momento por aquel estado: 

-Acá tienen la respuesta que les prometí –dijo Kurlo tirándole un sobre encima- Allí están escritas las condiciones del negocio cuidadosamente detalladas. Léanlas y si están de acuerdo, el próximo lunes a las doce de la noche venga usted con dos de las personas que toman decisiones. Dígales que no traigan grabadores ni loros. 

El mensajero de la organización argentina para liquidar corruptos casi no entendió las palabras. Tenía el rostro hinchado y lleno de sangre y el dolor lo distraía. El impacto  del día anterior no se comparaba en nada al estado físico de ese instante. Extraviado entre esa confusión que deja volver a la conciencia luego de un trauma y los dolores corpóreos, pudo percibir que había perdido varios dientes delanteros y una muela. Se maldijo por haber venido, pero resignado se fue parando con lentitud. Tomó la carta que se encontraba a su lado y poco a poco se dirigió tambaleando hacia la puerta que le esperaba abierta. En lo más profundo de su conciencia juró que jamás volvería a regresar a ese lugar. 




La calle Rivadavia de Buenos Aires es larga como muchos de los bulevares y avenidas de la hermosa capital bonaerense. Está llena de edificios modernos, pero se encuentra sembrada de esas viejas construcciones de arquitectura europea del siglo XIX que le dan el toque elegante y diferente de otras capitales suramericanas. En el número 38, segundo piso, derecha ascensor de uno de las lujosas edificaciones, funcionaban las oficinas clandestinas de la organización creada para combatir la corrupción. 

La entidad fungía externamente como el departamento administrativo de una empresa dedicada a la exportación de carnes, pero en su parte trasera, en un salón de paredes grises sus directivos se reunían dos veces a la semana. Allí solo había una mesa ovalada, ocho sillas, un archivo grande y un reproductor de sonido de alta calidad. El grupo lo componían ocho personas y se había constituido por iniciativa de Julio López Guacaral, un ganadero y político retirado del partido radical, quien por la repugnancia generalizada contra la continua descomposición de los gobiernos que había padecido el país hasta el presente, incluyendo el de Juan Domingo Perón y el de sus Evitas, había programado una manera inédita y sui géneris de venganza contra los funcionarios públicos corruptos: su liquidación física inmediata. 

En criterio de aquellos hombres y varias personas que les apoyaban y financiaban desde la sombra, eso además de ser un castigo definitivo contra los culpables y garantizar que no volverían a reincidir, también serviría de advertencia a otros y así limpiar a la administración pública de tantas inmundicias. Para lograr el objetivo que se había trazado, López Guacaral contaba con una fuerza de apoyo muy particular que le haría manejable todas las dificultades que se le presentaran: era el único heredero de una de las más grandes fortunas ganaderas del país.  A fin de que le acompañaran en su quijotesca empresa vengadora, el millonario había buscado la colaboración de dos grandes e íntimos amigos, Estanislao Fonseca, abogado y ex miembro del tribunal supremo, que había visto en detalle la manera como se manejaban los juicios contra la corrupción en Argentina, y Mario del Bízcalo, un ingeniero medio anarquista, de profundo resentimiento político contra el peronismo de derecha, el de centro, el de izquierda, el renovado, el auténtico y de todas la variedades en que se habían dividido los feligreses del estúpido culto al general Perón. Entre los tres lograron reunir al resto de los miembros de la directiva: Braulio Tancredo, un médico muy hábil que solo operaba gente desahuciada, para en caso de muerte poder echarle la culpa al estado terminal del paciente o llenarse de fama si por milagro se salvaba, Gunter Erath, arquitecto, amigo de Bízcalo, hijo de un refugiado alemán y tirador de elite que sostenía la interesante tesis de que los partidos políticos son bandas organizadas para dar un golpe contra los fondos del estado, Julio Pitaluga, otro ganadero, eterno opositor del gobierno y del que se decía que de noche salía a matar gente que se pareciese a cualquier ex presidente argentino, y Víctor D’Onofrio, un contador que trabajaba al servicio de Guacaral. Los otros eran, Estanislao Miquilena, viejo comerciante también obsesivo anti peronista y ex convicto por evasión fiscal, en cuyo juicio alegó que viendo el destino que se le daba a los fondos públicos, jamás pagaría un centavo de impuesto salvo que él mismo lo administrara, y Tulio Monsanto, a quien Mastrodoménico había castigado, hombre tímido, lento y pacífico, cuyo padre fue una víctima famosa de la dictadura de los años ochenta porque lo usaban para probar la eficacia de nuevos instrumentos de tortura, de donde nació su profundo odio por todo lo que fuera gobierno.

El heterogéneo grupo decidió llamar a la organización con el sobrenombre de El Octeto, más como tarjeta de presentación que como un bautizo significativo. Tal vez solo sirvió para que sus reuniones semanales se hicieran bajo las notas del famoso octeto D 803 de Frank Schubert, una de las piezas favoritas de Erath.  En su rutina de trabajo estaba analizar cuidadosamente todos los aspectos vinculados a los actos administrativos sospechosos de corrupción, para lo cual se basaban en los informes suministrados por un servicio de inteligencia altamente organizado y financiado por López Guacaral, que igualmente procesaba en secreto las declaraciones de testigos. 

Fueron esos ocho hombres quienes dos semanas antes y bajo los acordes del andante molto alegrede la dramática  melodía shubertiana, decidieron comenzar la acción vengadora ordenando la liquidación física de tres ex funcionarios del gobierno: las personas a quienes la central investigadora responsabilizó del desfalco que en esos días escandalizaba la opinión pública argentina.  Para el inicio de lo que sería una expansiva onda punitiva habían decido contratar a un matón por encargo, y fue la causa de la visita de cuatro de sus miembros a la casa de Kurlo Mastrodoménico.

 La decisión de su escogencia no fue por azar o tomada a la ligera. Fue el resultado de un largo estudio en que se descartaron casi veinte posibilidades, incluso la contratación de la Cosa Nostra italiana o traer al país diferentes asesinos profesionales de lugares tan distantes como eran kamikazefree lance del Japón, mártires de Mongolia, piratas del mar de China, matones ultraderechistas de Ucrania, hombres bombas de Afganistán, suicidas  preparados por Al Qaeda para alquilar, y hasta enfermos mentales peligrosos de varias partes de los Estados Unidos y de Europa.

Continuará...

 (*) Aunque por una costumbre que viene desde la era prehistórica -cuando los hombres solían despertar a su pareja clavándoles el índice en la barriga para que se parara a hacerles el desayuno- este es el dedo que más se utiliza para tocar timbres, hay casos probados de personas que lo hacen con el dedo anular y el meñique, e incluso se han detectado varios individuos que por razones desconocidas prefieren hacerlo con el pulgar. 

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