miércoles

La Cortada (de @OtrovaGomasREAL)

El otro día me corté un dedo. Pero no como se corta mucha gente, una cortadita pequeña o más o menos grande, no, sino que me lo corte en serio. Completo. Así como suena. Estaba picando una cebolla y sin darme cuenta lo rebané y cayó en el lavaplatos haciendo un ruido raro y llenándome de sangre por todos lados. 
Texto y Foto: O.Gomas. Archivos.

El asunto me pasó por estar de necio copiando a esos chef que salen en la televisión y uno los ve picando pepinos y ajos a una velocidad que asombra, y para colmo, por comprar un juego de cuchillos de esos cacha negra súper afilados que cortan en el aire.

Ese día yo estaba preparando una salsa para pasta, y por lucirme con una amiga decidí cortar unos tomates con la misma pericia y rapidez de los fulanos cocineros, pero cuando iba a millón por la mitad de la cebolla: ¡Zúas!  me agarré el dedo índice de la mano izquierda con la que lo sostenía y en un segundo lo desmané.

Al principio no me di cuenta porque al ver la sangre pensé  que era el tomate que estaba muy jugoso, pero cuando sentí que la mano me pesaba menos y le salía un liquido caliente, me revisé los dedos y pude darme cuenta de que había mochado el índice por el metacarpo, sin juicio previo y dejando solo un muñoncito que echaba sangre a borbotones.

Muy al contrario de lo que puedan pensar muchos, no perdí la calma. En realidad reconozco que nunca antes tuve ese tipo de experiencias de la era de la guillotina francesa, y soy un tipo completo, al que no le falta nada ni tiene ausencias que lamentar en su apariencia, imperfecta pero cautivante.  Lo más grave fue tranquilizar a la amiga que estaba a mi lado y que cuando vio el dedo en el lavaplatos se llevó las manos a la boca y empezó a chillar:

-¡Te cortaste  el dedo! ¡Te cortaste  el dedo! ¡Dios mío! ¡Míralo! ¡Míralo!  ¡Por favor recógelo! – y abrió los ojos como una desaforada.

-Tranquilízate mujer,- le dije- No grites, solo es un dedo, tenemos diez, ¿cual es el problema?

Pero la pobre no me oyó. Cuando me vio sacudiendo la sangre de la mano se desmayó.

Sin perder tiempo, pero con tranquilidad y recogiendo el pedazo de dedo del lavaplatos analicé la situación. Primero que nada tenia que lavarlo bien para evitar una infección. Y así lo hice.   Aprovechando que tenía el chorro de agua abierto, enjuagué bien tanto el dedo como el muñón con un poco de detergente y los sequé con el trapo más limpio de la cocina. Les eché sal y vinagre a las dos partes, porque había oído decir que en casos de cortada, los condimentos de ensalada arden pero matan los microbios.  

Curiosamente, la parte de la mano no me ardió pero el pedazo de dedo empezó a saltar solo como un endemoniado, seguro porque a él si le picaba.  Es impresionante la sensación de ver brincar de dolor a una parte de uno y no sentir nada.

También siguiendo viejas consejas uní los dos pedazos para que se mantuvieran cuadrados mientras resolvía el problema. Al principio, los pegué  al revés por el brincado del dedo que no resistía el ardor y me hizo colocar la uña hacia abajo, pero rápidamente enmendé el error y los mantuve adheridos correctamente, tranquilizando al dedo diciéndole que pronto se le iba a pasar el ardor.

Lo más importante en ese momento era ver cual iba a ser el camino seguir para reparar el daño. Tenía varias opciones: botar a la basura el dedo cortado y quedarme mocho para darle grima a la gente a la hora de dar la mano, fijarlo con pegalotodo u otra de esas fórmulas de pega loca importada o gomas criollas neuróticas, cocerlo con hilo de nylon de pesca, que es muy fuerte y resistente, ir a una clínica  para que un cirujano tratara de empatarlo, o simplemente mantener las dos partes bien pegadas toda la noche para ver si cicatrizaban.

Me decidí por la última vía porque estaba consciente de que el tráfico no me iba dejar llegar a tiempo al médico y seguro que en los hospitales cosen con pedazos de sábana vieja, no sabía dónde había puesto el nylon y seguro que la pega loca que tengo guardad en la nevera ya estaba dura. Además yo cicatrizo bien.

 Y eso fue lo malo: ya llevo manteniendo el dedo en su sitio durante casi un mes sin soltarlo por temor de ver lo que ha pasado. Las manos ya me duelen por el exceso de fuerza que les incorporo a cada hora  para juntarlos bien. No duermo, no como, y no me atrevo a mirar, porque si al principio tomé las cosas a la ligera, ahora tengo pánico de que si lo hago los podría estar despegando justo cuando se empezaban a juntar. La semana pasada les puse un pedazo de chicle para reforzarlos y hace quince días metí las manos en un balde de cola de zapatero esperando ayudar a hacer la costra. Lo terrible es que no se cuanto tiempo más duraré sosteniéndola las dos partes unidas. Algo dramático, porque además del deseo de hacer más firme la junta, no estoy en capacidad de soportar  el impacto que me  produciría saber que el dedo está muerto y ya es muy tarde para ir a un medico. 

Ayer abrió los ojos mi amiga desmayada, mañana iré a un siquiatra que me recomendaron, especialista en convencer a personas que aflojen la mano cuando se pegan las partes cortadas. Parece que tiene un sistema a base de hacer cosquillas en el codo que logra revertir poco a poco el proceso de apretado y en dos semanas hace que las personas suelten las partes comprimidas y vean que pasó. La ventaja es que si no se pegaron y uno entra en crisis, él trata al paciente con psicoanálisis para convencerlo de que el dedo perdido sirve como liberación de los traumas infantiles por las primeras experiencias sexuales de chuparse el dedo gordo, y en el caso de índices hasta enseña a usar el de la otra mano para cualquier necesidad.

En todo caso, lo que quiero recomendarles a los lectores es que si les pasa algo igual, guarden la calma. No se precipiten. Agarren los pedazos y límpienlos bien hasta que vean que ha parado la sangre. Si son de los que no pueden ver sangre traten de hacer toda la operación con los ojos cerrados, pero eso si, o lo pegan en el acto con pega loca, o se van directo a un médico.

Puedo asegurarles que no vale la pena el sufrimiento que produce mantener el dedo y el muñón juntos esperando que se unan, y después pasar semanas y semanas sin poder soltarlos por el terror de descubrir que no pegaron. 

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