De entre todas las
extravagancias con las que nos ha dotado la evolución humana, pocas son tan
desconcertantes como el ombligo. Esta pequeña cicatriz abdominal es el vestigio
de nuestros primeros instantes de vida y que ha pasado de ser la vía principal
de suministros maternales a convertirse en un adorno completamente inútil en
medio del vientre.
No cumple ninguna función
mecánica, no emite señales útiles ni es la mitad exacta de uno (quizá de la
semana, que es el miércoles); y, sin embargo, posee una fascinante capacidad
para coleccionar las más insólitas pelusas de algodón.
Tan es así, que muchos
buscan centrar la atención en chocolaticos fabricados en gimnasios
(abdominales) o hacer crecer la panza con chocolaticos y chicharrones para que
parezca un ojo que cierra.
Igualmente le rendimos un merecido homenaje en forma de verso desenfadado a este botón sin cables que todos lucimos con resignación, salvo las mujeres que le colocan un piercing y ¡Al fin!, le dan gran vistosidad y placer (salvo cuando el piercing se les atora de la blusa y les jala el cuerito y ven al diablo).
En el centro de la tripa,
sin pedir ningún permiso,
tenemos este agujero
que no sirve ni de aviso.
Es la huella del pasado,
el recuerdo del cordón,
¡pero hoy solo junta
motas
y restos de camiseta de
algodón!
Hay ombligos pa’ dentro,
como un pozo sin final,
donde buscas las llaves
del coche
y encuentras un mineral.
Y los hay para afuera,
como un timbre de portal,
que si lo apretaras
fuerte,
¡sonaría una señal!
¿Para qué sirve el
ombligo?
Nadie lo sabe explicar.
No estornuda, no respira,
ni te ayuda a cocinar.
Si le echas un poquito de
sal,
sirve para poner el
tequila;
o para aguantar un
palillo
mientras la sopa se
enfría.
Es el adorno más tonto
de la anatomía humana,
pero ahí sigue instalado
desde la primera semana.
Así que honremos al
hoyito,
al botón sin conexión,
¡el rey del vientre plano
y de la buena digestión!
Ahora que he llamado su
atención con respecto al ombligo, le invito a lavárselo, que de seguro no lo ha
hecho con un hisopo y ya lo debe tener lleno de pelusa, salvo que sea de esas
gentes que el ombligo se le selló como un tapón.
Nota: Esto no va dedicado
a quienes se creen que son el ombligo del mundo, cuando realmente ustedes sí
son la pelusa del mundo.

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