El Cocodrilo

el cocodrilo

Apenas nacemos, desarrollamos el instinto de supervivencia, sea por instinto, percepción o por la nalgadas que nos atiestan para llorar. Es una de las funciones básicas que –más o menos-, la humanidad va desarrollando o perdiendo según sean sus miedos, inseguridades o vidas aburridas.

El instinto de supervivencia nos acerca a lo que llaman “migate no gokui” en japonés, la afamada “doctrina egoísta” que en América Latina se le llama “el ultra instinto”, en el cual el cuerpo tiene un “pensamiento propio” lo que acorta los segundos o nano segundos entre el envío de soluciones desde el cerebro.

En algunas gentes, esos segundos o nano segundos, son horas, ya que andan de babiecas o quieren que las hadas y duendes los rescaten. Pasan años atorados en el pensamiento y corriendo como las gallinas descabezadas.

Este largo preámbulo existe para explicar mí reacción ante un suceso. Y –principalmente-, porque la historia es corta y aburrida, aunque en ella interviene un cocodrilo.

¿Imaginan estar en el suelo, en modo de defensa, haciéndose el muerto, para que un cocodrilo no les haga daño?, seguro que lo pueden imaginar, pero les digo que eso sólo sirve con los osos, porque por ejemplo los perros juegan contigo o se van a buscar comida, los gatos te ven con indiferencia y los cochinos quieren abusar de ti. Lo vi en Animal Planet, no es que me ocurrió.

El cocodrilo, en su faceta más cínica y dominante, me vio tendido en el suelo y, quizá notando mi respiración reducida, escuchando mis latidos o escurriendo de lo que yo estaba escurriendo, se tendió a mí lado.

Su respiración era asíncrona con la mía, emitiendo algo como sonidos guturales, bufidos o atoros de generador eléctrico sobrecalentado. La percibía yo no solo por el oído, también en mí tacto, ya que estaba junto a mí como pareja de recién casados que todavía se acurrucan en la cama.

El terror me recorría, pero mientras mi mente luchaba por no obnubilarse y fraguar un plan de escape, mi cuerpo pensaba en petrificarse pero no del miedo, sino crear la sensación de ser un cadáver que olía a descompuesto pero muy poquito, por aquello que les dije que estaba discurriendo.

Surgió el plan salido de mente, cuerpo y alma, propio de los que se juegan el resto, decidí por atacar para defenderme, ya que la huida o la estadía tenían la misma desventaja ante un animal de tal peso, fuerza y ferocidad.

Comencé a contar su respiración, buscando el momento de la exhalación que seguramente era el más débil y, colocando mí peso de espaldas, podría aplastar sus ojos y debilitarlo. Era la astucia contra la fuerza y a mí me tocó la astucia, lo que entendemos como lo más débil.

Llegó el instante en que me pareció ver que soltaba el aire y moví mí cuerpo en un movimiento de una micro centésima de segundo (ni idea sí existe esa medición y sí eso hice, pero se me percibe heroico). Me abalancé de espaldas sobre su espalda (de otra manera hubiese sido una muerte muy indigna, pero preferible). Con mi cráneo, ataqué sus ojos mientras el cocodrilo no mostraba mayor resistencia. De hecho, no mostraba ninguna ante mis poderosos, veloces y constantes ataques.

Me supe pues, vencedor en esta pelea desigual pero necesaria por la supervivencia del más astuto, en detrimento del más fuerte. Tantos golpes debían haberlo desconcentrado y hasta le costó respirar, lo que sospeché era un paro respiratorio.

Pocos segundos que duraron una eternidad (esa frase es mía, no me la roben), duró esta titánica batalla en la que se comenzó a escuchar el claro nombre del vencedor, un coro que decía ¡ARGENIS, ARGENIS, ARGENIS!

Dichos vítores se hacían más más y más cercanos y luces y movimientos acompañaban a la misma, creyendo yo que algunas personas que me buscaban en el lugar, habían contemplado la lucha.

Pero no, resultó ser mi mamá que me llamaba para que me despertara, que dejara de lanzar cabezazos y patadas a la cama y que por qué había lanzado a la almohada y sábanas al otro rincón del cuarto.

El cocodrilo no era de verdad, pero yo que pensaba que había ganado la encarnizada lucha, terminé siendo el derrotado y con humillación adicional porque al día de hoy, ese sueño tan realista me sigue dando pena.

Argenis Serrano - @Humoristech 

¿Notaron que estamos cada vez más escachalandrados?

Con el debido respeto que le tengo a amigos, familiares, conocidos y pacientes, colegas, compañeros, famosos así como a no amigos, no familiares, no conocidos, no colegas, compañeros, infames (no famosos) y no pacientes, debo instarles a reconocer que cada vez estamos más escachalandrados y no nos hemos dado cuenta.

escachalandrados
 

Le achacamos lo averiados que estamos a la situación económica, que se nos han deteriorado los codos y rodillas luego del COVID, que nos vemos maltratados (menos en el cínico espejo de nuestras casas), lo estropeado se nos nota de lejos y eso nos tiene arruinados de físico y bolsillo, comprando remedios, yendo al médico, realizándonos exámenes y tomando cuanta agua de Babandí nos recomiendan para tan deplorable estado. 

Así como un mueble desvencijados nos vemos a partir de los 40, menos quienes se quitan lo mallugados con filtros de TikTok, pero lo adolorido de las coyunturas e intersticios o costillares nos delatan al dejarnos alicaídos y por lo tanto, afligidos ante la idea diaria al despertar de ¿Qué me irá a doler hoy? 

Y es que uno nota lo escacharrado o escachalandrado que está, pero lo calla, no para no mortificar a nuestros deudos, sino para no aumentar nuestras deudas, por la loca idea de que lo descangallado se quita si nos hacemos los locos. 

Pero cuando estamos tan desbaratados que no tenemos otra que empezar a pedir auxilio y que nos mimen o que busquen la escoba para ahuyentar a las ánimas que vienen por nosotros, es que reconocemos a regañadientes (lo que nos hace doler el buche, por cierto), de que lo echado a perder que andamos no es cuento y que deberíamos hacer algo definitivo para paliar lo abollados. 

La verdad sea dicha, ¿Quién estando echado a perder, rinde, ayuda a la familia, es feliz?; nos reventamos trabajando y haciendo rubieras a diestra y siniestra y ni una revisadita nos echamos, por avaros o por el temor de hallar algo. Cuando es mejor hallar ese algo en febrero, cuando no ha cuajado, que en diciembre cuando ya está de preocupación, llanto y babeo. 

Por mucho que uno se cuide, algo se nos va a destartalar. Pero es mejor que sea algo tenue y reparable a algo que nos acompañe al acostarnos y nos lleve al mundo de las pesadillas y se ponga peor al despertar.

 

Uno hace actividades que -con gusto o no- nos dejan hechos polvo y amellados, pero igual seguimos nuestro andar, quizá por deber, hábito, deudas o inspirados por Gokú que al ser golpeado y sanar, asciende de nivel en poderes. 

Nosotros de tantos golpes quedamos hechos cera o hechos guate o hechos leña, la cosa es que el ímpetu humano nos insta a seguir y es bien feo echarse a morir no más por una cosita o cosota. La cosa es que es mejor nivelar el estilo de vida para que haya esfuerzo con reposo lógico y además, que los médicos nos escaneen el sistema de vez en cuando, sin necesidad de estar todo culipandetos. 

Uno se ve en una vidriera y se nota aporreado; hace una actividad y queda todo descuajaringado y sin control y criterio de la edad, lo desvencijado empeora porque hacemos desastres dándonos de Superman. 

Más de uno se ha descalabrado subiendo escaleras en chancleta o manejando la moto viendo el celular o intentando tomarse una caja de cervezas sin ir al baño para mantener el sabor en el cuerpo, lo que termina cascando a los órganos y eso se refleja en el derretimiento, desinfle y esfaratado del pellejo, rostro y juanetes.

 

Lo espatarrado va trayendo preocupaciones que acrecientan el desplome de la estructura física y más allá, de la mental, aflojando a más de uno de las agarraderas de la coherencia, lo que por debilidad de actitud, malos consejos de los coach y la falta de consumo diario de sopa y espinacas, deja hecho pedazos a cada interfecto. 

A cada rato nos enteramos con dolor, pesar, pena, miedo y luego de oraciones, acciones, visitas y rifas, de que alguien amerita ayuda porque se enfermó. Ese alguien no quiere estar en esa situación, pero es algo humano y de una u otra forma debemos ayudar, ser útiles y positivos.

Lo más humano que podemos hacer por nosotros, por los nuestros, por los demás, es estar lo menos desbaratados posible, para ser la muleta de ánimo y apoyo de otros y viceversa. Yaa que ese es el destino de la humanidad, pero entre varios, el fardo es menos pesado.

Habrá muchos días en que estemos vueltos leñas, arrumados como mudanza mal hecha y con espasmos por dolores raros. Y las enfermedades dirán ¡Presente!, porque ellas llegan como sí a uno le provoca llamarlas.

¿Nuestro deber?, no ser unos cascarones vacíos y detenernos o sucumbir ante el dolor y la adversidad. Lo más despepitante que podemos hacer en nuestra contra es rendirnos, y por igual, dejar que otros se rindan.

El esgüañangamiento seguirá, ¿Por qué nosotros no vamos a seguir?, somos dueños de nuestro cuerpo y debemos luchar por la calidad de vida, propia y ajena. Para que en algún momento que quizá no veamos, pero sea evolutivo, más nunca recibamos la mala nueva que un familiar, amigo, conocido, paciente, colega, compañero, famoso, está escoñetado del cuerpo y despelotado del ánimo.

A comer mejor, vitaminarse, caminar y friccionarse con aguardiente de culebra morrona para atenuar el escachalandramiento crónico que a los mayores de 40 nos pega a diario o con una nueva temporada y desventuras, cada mes.

@Humoristech 

El Ombligo

el ombligo

De entre todas las extravagancias con las que nos ha dotado la evolución humana, pocas son tan desconcertantes como el ombligo. Esta pequeña cicatriz abdominal es el vestigio de nuestros primeros instantes de vida y que ha pasado de ser la vía principal de suministros maternales a convertirse en un adorno completamente inútil en medio del vientre.

No cumple ninguna función mecánica, no emite señales útiles ni es la mitad exacta de uno (quizá de la semana, que es el miércoles); y, sin embargo, posee una fascinante capacidad para coleccionar las más insólitas pelusas de algodón.

Tan es así, que muchos buscan centrar la atención en chocolaticos fabricados en gimnasios (abdominales) o hacer crecer la panza con chocolaticos y chicharrones para que parezca un ojo que cierra.

Igualmente le rendimos un merecido homenaje en forma de verso desenfadado a este botón sin cables que todos lucimos con resignación, salvo las mujeres que le colocan un piercing y ¡Al fin!, le dan gran vistosidad y placer (salvo cuando el piercing se les atora de la blusa y les jala el cuerito y ven al diablo). 

En el centro de la tripa,

sin pedir ningún permiso,

tenemos este agujero

que no sirve ni de aviso.

 

Es la huella del pasado,

el recuerdo del cordón,

¡pero hoy solo junta motas

y restos de camiseta de algodón!

 

Hay ombligos pa’ dentro,

como un pozo sin final,

donde buscas las llaves del coche

y encuentras un mineral.

 

Y los hay para afuera,

como un timbre de portal,

que si lo apretaras fuerte,

¡sonaría una señal!

 

¿Para qué sirve el ombligo?

Nadie lo sabe explicar.

No estornuda, no respira,

ni te ayuda a cocinar.

 

Si le echas un poquito de sal,

sirve para poner el tequila;

o para aguantar un palillo

mientras la sopa se enfría.

 

Es el adorno más tonto

de la anatomía humana,

pero ahí sigue instalado

desde la primera semana.

 

Así que honremos al hoyito,

al botón sin conexión,

¡el rey del vientre plano

y de la buena digestión!

 

Ahora que he llamado su atención con respecto al ombligo, le invito a lavárselo, que de seguro no lo ha hecho con un hisopo y ya lo debe tener lleno de pelusa, salvo que sea de esas gentes que el ombligo se le selló como un tapón.

Nota: Esto no va dedicado a quienes se creen que son el ombligo del mundo, cuando realmente ustedes sí son la pelusa del mundo.

Argenis Serrano - @Humoristech 

Soy Feliz con los Cortes Eléctricos

cortes eléctricos

Quizá sea odiado -pero menos de lo que son despreciados quienes bajan los switch- por quienes se molestan por todo en este país; pero eso no me quitará el que sea feliz con los cortes eléctricos.

¿Acaso no entienden de que estamos haciendo historia viva?, recreando a la Edad Media, La Colonia, Las Cruzadas y la Invasión Extraterrestre por parte de los seres esos que comían pájaros y ratones así como los chinos o gansos a su comida: sin masticar.

Sabemos cómo resistían nuestros antepasados, sin su limitación de que la esperanza de vida sea entre 35 a 48 años. Vivimos más, en agonía e incomodidad, pero más; y eso se agradece con una sonrisa.

Imaginar que las parejas que van furtivamente a los moteles, deban salirse frustradas porque no hay energía eléctrica y eso les crea un cuarto oscuro y caluroso, me contenta. Y ni siquiera quienes me dicen “pero en los moteles hay generadores eléctricos, así que pueden seguir”, me llegan a robar mi alegría de ver a los demás frustrados por los cortes eléctricos.

En siglos pasados, no existían el hielo ni los helados y la gente sobrevivía. ¿Me voy a hacer yo mala sangre porque no puedo comerme un helado?; más bien debo aplaudir a quienes cortan la electricidad por más de seis horas, que nos alejan de ese postre y nos acercan más al pimentón relleno o la concha de piña para quitarnos el calor.

El placer de ver a la anarquía en su máxima expresión, conocidas como: conductores pasando por intersecciones con semáforos apagados, se me hizo un delirante éxtasis que me emociona y hace reír mucho. La anarquía y el “yo paso primero” junto con el “apártense desgraciados” y el inútil toque de corneta cuando hay un montón de carros chocados gracias a que un motorizado estaba revisando su WhatsApp en el teléfono instalado en el manubrio, resulta más gracioso que una función gratuita del Circo Los Valentinos.

Escuchar cantar a los generadores, no al unísono pero haciendo un canon deprimente, estimula nuevas creaciones musicales que -irónicamente- resultan mejor que cualquier vallenato, reguetón o canción de Ricardo Arjona o Romeo Santos. Al ambiente lo dañan esos desconsiderados con cornetas recargables, pero también me alegra cuando se les descargan, y que los muy condenados no saben silbar o tararear, así que terminan aburridos.

Padecer calores es un acto menor, incluso puedo asegurarles que no son culpa de los cortes eléctricos, sino de nosotros, que no construimos las casas altas, con huecos de luz y con árboles cerca, como era en los tiempos de Simón Bolívar. No hay ni un documento histórico que hable de que la gente en ese tiempo tenía calor, incluso usaban como 4 kilos de ropa encima más la peluca. Así que no es la falta de electricidad la que nos dan soponcios, sino las estructuras. Y me alegra haberme dado cuenta, ya por eso abrí huecos en la pared.

Estamos claros que el peor dolor de la gente al haber un corte eléctrico es no tener señal de internet fija o móvil, por eso es que se quejan. Lo del calor y no poder hacer batidos es casi que terciario o más bien, quintario. Es el no poder enterarse que en otros lados también cortaron la electricidad y no poder consolarse con el sufrimiento de otros, lo que les molesta.

Por mí parte, estoy claro de que en alguna parte se encuentra mí alma gemela, refiriéndome a miles de personas sin electricidad como yo, o antes de mí o después de mí. Eso, además de mantenernos en igualdad, me hace parte de un conglomerado y por lo tanto no tengo excusas para decir que me siento solo, lo que me hace feliz.

En los cortes eléctricos salimos a socializar y a enterarnos cara a cara de lo que está sucediendo. ¿Me van a decir que eso es negativo?, nos están alejando de las pantallas y acercándonos como sociedad por unas horas al día. Que haya que sacrificar frescura, trabajo y mente para conocer los chismes del barrio, me parece un precio muy bajo.

Culmino refrendando que estoy feliz con los cortes eléctricos y los espero a cada instante, todos los días. Esta felicidad -creía yo- me surgió al entender que la resignación es la única salvación que nos queda y que debemos aceptar esto que nos sucede y que durará años.

La realidad es que me surgió porque nadie se debe quejar de los cortes eléctricos, so pena de que les sucedan cosas malas, ya que la orden es ahorrar energía, pero como no hay mucha electricidad para economizar, entonces nos exigen que nos ahorremos nuestras quejas o comentarios en contra de los cortes eléctricos, so pena de que nos bajen la palanca y que la única luz que veamos, sea la perpetua.

@Humoristech 

¿Qué 20 Años No Es Nada?

20 años

En 20 años pasé de un gobierno malo a otro peor y siguen allí, mandando, pero tutelados.

Pasé de la presencia de un padre estricto pero justo y gracioso, a que me faltara.

En ese lapso de tiempo, he estado con una madre consciente, consecuente y brillante y como cualquiera, quiero que me siga rodeando.

Fui de tener montones de amigos presentes, a verles por WhatsApp, Facebook o Instagram o recordarle en mis oraciones.

Pasé de tener esperanzas en el amor a perderlas totalmente, sin hacerme gay (tampoco es para tanto).

He ido viendo al mal mutando en un fino vestido de justicia social, pero siempre se le ve lo podrido.

He lidiado con los sonsos, creídos, hostiles e ilegales, fingiendo que me derrotan, pero al final, viéndoles caer mientras me como unos tostones con refresco.

En 20 años he acumulado el suficiente dinero para decir con holgura que no tengo dónde caerme muerto.

Comencé con un blog y ya tengo 8 más otros que coordino.

Eso es solamente parte de los 20 años en que el Blog de Humoristech sin CIA y su derivado, Humoristech sin CIA Recargado, surgido para solventar un bloqueo de Adsense y dos intentos de hackeo (como si yo tuviese dinero), he hecho, además de seguir aprendiendo en todo ámbito.

Porque entre tristeza y tristeza, absurdo y absurdo, susto y susto, intriga e intriga, aburrimiento y aburrimiento, siempre hay algo gracioso qué contar o contar lo no gracioso de manera graciosa, sarcástica e irónica para hacerla más digestiva.

En tiempos de Inteligencia Artificial, la inteligencia natural se ve más comprometida y encerrada; y yo, aquí, le permito salir, como en la vida cotidiana.

¡GRACIAS A QUIENES ME LEEN… Y GRACIAS A QUIENES TODA VÍA LEEN!, sus mentes no son sosas y son el bastión necesario para que la simplicidad no nos haga más simple, sino que nos motive a darle salero y sazón a nuestras existencias.

Este 14 de septiembre de 2026, el blog de Humoristech sin CIA cumple 20 años lo que lo convierte en el blog particular venezolano de temática humorística más longevo del país. ¿Qué 20 Años No Es Nada?, pues para mí han sido 240 meses escribiendo en un blog de humor para dejar un legado al mundo desde mí corazón y que muchísimas satisfacciones me ha dado.

Que el HUMOR Y PAZ nos sigan acompañando, nos necesitamos para ver cómo avanzan y terminan los cambios que le quitan la monotonía de la maldad al país y nos permiten ver al humor en su máximo esplendor, porque una sonrisa libre, es síntoma de BUEN HUMOR.

20 años

Argenis Garnica Serrano - @Humoristech 

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