Con el debido respeto que le
tengo a amigos, familiares, conocidos y pacientes, colegas, compañeros, famosos así como a no amigos, no
familiares, no conocidos, no colegas, compañeros, infames (no famosos) y no pacientes, debo instarles a reconocer que cada vez estamos
más escachalandrados y no nos hemos dado cuenta.
Le achacamos lo averiados que estamos a la situación económica, que se nos han deteriorado los codos y rodillas luego del COVID, que nos vemos maltratados (menos en el cínico espejo de nuestras casas), lo estropeado se nos nota de lejos y eso nos tiene arruinados de físico y bolsillo, comprando remedios, yendo al médico, realizándonos exámenes y tomando cuanta agua de Babandí nos recomiendan para tan deplorable estado.
Así como un mueble desvencijados nos vemos a partir de los 40, menos quienes se quitan lo mallugados con filtros de TikTok, pero lo adolorido de las coyunturas e intersticios o costillares nos delatan al dejarnos alicaídos y por lo tanto, afligidos ante la idea diaria al despertar de ¿Qué me irá a doler hoy?
Y es que uno nota lo escacharrado o escachalandrado que está, pero lo calla, no para no mortificar a nuestros deudos, sino para no aumentar nuestras deudas, por la loca idea de que lo descangallado se quita si nos hacemos los locos.
Pero cuando estamos tan desbaratados que no tenemos otra que empezar a pedir auxilio y que nos mimen o que busquen la escoba para ahuyentar a las ánimas que vienen por nosotros, es que reconocemos a regañadientes (lo que nos hace doler el buche, por cierto), de que lo echado a perder que andamos no es cuento y que deberíamos hacer algo definitivo para paliar lo abollados.
La verdad sea dicha, ¿Quién estando echado a perder, rinde, ayuda a la familia, es feliz?; nos reventamos trabajando y haciendo rubieras a diestra y siniestra y ni una revisadita nos echamos, por avaros o por el temor de hallar algo. Cuando es mejor hallar ese algo en febrero, cuando no ha cuajado, que en diciembre cuando ya está de preocupación, llanto y babeo.
Por mucho que uno se cuide,
algo se nos va a destartalar. Pero es mejor que sea algo tenue y reparable a
algo que nos acompañe al acostarnos y nos lleve al mundo de las pesadillas y se
ponga peor al despertar.
Uno hace actividades que -con gusto o no- nos dejan hechos polvo y amellados, pero igual seguimos nuestro andar, quizá por deber, hábito, deudas o inspirados por Gokú que al ser golpeado y sanar, asciende de nivel en poderes.
Nosotros de tantos golpes quedamos hechos cera o hechos guate o hechos leña, la cosa es que el ímpetu humano nos insta a seguir y es bien feo echarse a morir no más por una cosita o cosota. La cosa es que es mejor nivelar el estilo de vida para que haya esfuerzo con reposo lógico y además, que los médicos nos escaneen el sistema de vez en cuando, sin necesidad de estar todo culipandetos.
Uno se ve en una vidriera y se nota aporreado; hace una actividad y queda todo descuajaringado y sin control y criterio de la edad, lo desvencijado empeora porque hacemos desastres dándonos de Superman.
Más de uno se ha descalabrado
subiendo escaleras en chancleta o manejando la moto viendo el celular o
intentando tomarse una caja de cervezas sin ir al baño para mantener el sabor
en el cuerpo, lo que termina cascando a los órganos y eso se refleja en el
derretimiento, desinfle y esfaratado del pellejo, rostro y juanetes.
Lo espatarrado va trayendo preocupaciones que acrecientan el desplome de la estructura física y más allá, de la mental, aflojando a más de uno de las agarraderas de la coherencia, lo que por debilidad de actitud, malos consejos de los coach y la falta de consumo diario de sopa y espinacas, deja hecho pedazos a cada interfecto.
A cada rato nos enteramos con
dolor, pesar, pena, miedo y luego de oraciones, acciones, visitas y rifas, de
que alguien amerita ayuda porque se enfermó. Ese alguien no quiere estar en esa
situación, pero es algo humano y de una u otra forma debemos ayudar, ser útiles
y positivos.
Lo más humano que podemos
hacer por nosotros, por los nuestros, por los demás, es estar lo menos desbaratados
posible, para ser la muleta de ánimo y apoyo de otros y viceversa. Yaa que ese
es el destino de la humanidad, pero entre varios, el fardo es menos pesado.
Habrá muchos días en que
estemos vueltos leñas, arrumados como mudanza mal hecha y con espasmos por
dolores raros. Y las enfermedades dirán ¡Presente!, porque ellas llegan como sí
a uno le provoca llamarlas.
¿Nuestro deber?, no ser unos
cascarones vacíos y detenernos o sucumbir ante el dolor y la adversidad. Lo más
despepitante que podemos hacer en nuestra contra es rendirnos, y por igual,
dejar que otros se rindan.
El esgüañangamiento seguirá,
¿Por qué nosotros no vamos a seguir?, somos dueños de nuestro cuerpo y debemos
luchar por la calidad de vida, propia y ajena. Para que en algún momento que
quizá no veamos, pero sea evolutivo, más nunca recibamos la mala nueva que un
familiar, amigo, conocido, paciente, colega, compañero, famoso, está escoñetado del cuerpo
y despelotado del ánimo.
A comer mejor, vitaminarse,
caminar y friccionarse con aguardiente de culebra morrona para atenuar el
escachalandramiento crónico que a los mayores de 40 nos pega a diario o con una
nueva temporada y desventuras, cada mes.





