La Vez que Pagué una Habitación de Motel

Hay cosas que no se cuentan hasta que se cuentan; y eso es cuando el asunto a contar yo no es incómodo y puede dejar un aprendizaje. Por eso les voy a contar de la vez que pagué una habitación de motel. Si usted es muy sensible, puede seguir leyendo a ver sí aprende que la vida no es color de rosa.

la vez que pagué una habitación de motel

Había una vez…

Un pobre trabajador que era un trabajador pobre. Vamos a colocarle de nombre, Argenis, para no herir susceptibilidades y la gente no intuya que esto me ocurrió a mí.

Sucedía que trabajaba en una oficina allá por el año 2001 y me dieron 30 minutos adicionales luego del almuerzo para hacer una diligencia en una dirección como a 10 cuadras del lugar. Como camino rápido, el tiempo se me daba.

Decidí pues almorzar primero para hacer la digestión caminando y no llegar con el apremio de comer y atender al público. Y, como todo cuerpo divino y bien formado, deseable en general, el mío asimiló la comida con prontitud y empujó las comidas anteriores.

Cuando había terminado la diligencia y regresaba, comenzó ese dolor de estómago que se refleja en un sudor que asemeja a la cicatriz de Harry Potter y que nos advierte que no es una advertencia ni simulacro, sino un llamado a la acción, ¡Hay que ir al baño!

Preciso el área dónde estaba no posee vías de transporte público que me llevaran al sitio de trabajo y poder darle descanso a mí alma. La preocupación subía porque no había negocios amigables de los que prestan el baño, como centros comerciales, clínicas o funerarias.

Agarrado de un poste y con la energía suficiente para doblarlo, vi en lontananza la que sería mi salvación: Un motel, de esos que por el número de estrellas entran en la categoría de “matadero, desnucadero, despescuezadero, cuarto de pobres,  motelucho, nido de amor de malandros”. Pero para mí, era como ver el Valhala o el Shangri-La de los lugares de recuperación, turismo y confort.

Me acerco a la recepción y les pregunto que dónde quedan los baños. Yo que he estado en hoteles con piscina, bar y sin chiripas, sé que hay baños cerca del lobby. Resulta ser que en esos cuchitriles no hay baños para el público.

A punto ya de descoserme, tuve que hacer algo que jamás en mí vida había hecho, que no pensé que fuese hacer, que no creí tuviera que hacer así y que espero jamás repetir e incluso, ni hago: Tuve que pagar una habitación de motel.

Claramente me pidieron la cédula y el dinero, dos trámites que jamás había yo cumplido para ir a dejar lo que se debe de dejar para que venga lo bueno. Y como allí se hacen cosas personales, pues no hubo objeción.

¡Fue la […] más cara de toda mí vida!, la cual tuve que aprovechar al máximo. Hasta me duché con esos jabones que huelen a infidelidad y desodorante genérico.

Ya más tranquilo y recuperado, quizá influenciado por la habitación, sentí ese alivio que te hace pensar luego de hacer lo que allí se hace. Todos los pensamientos que vinieron a mí en tropel eran agobiantes, cosas como:

-        Esa era la plata para pagar la universidad.

-        ¿Cómo les aviso en la oficina que estoy aquí?

-        ¿Qué estarán pensando los de la recepción, ahora que tengo una hora acá?, ¿Creerán que me moría haciendo del cuerpo?, ¡Acá no van a preguntar hasta que se cumplan las horas!

-        ¿De qué manera cuento esto para que no salga yo perjudicado con una burla permanente?

-        ¿Ese olor a cigarro con perfume de las sábanas estaba cuándo entré o se mete por la ventana?

-        ¡Esta cama sí que es incómoda, toda hundida; se nota que acá no duermen!

Ya pasadas dos horas, tiempo que me pareció justo para disimular y darle valor al alto precio de la habitación (me da lástima por los que tienen que estar pagando eso a cada rato), me fui a la oficina y le dije a mi patrón, a alguien de recursos humanos y dos secretarias que cuando venía de camino, las circunstancias me llevaron a un Motel y que ni por mí trabajo iba yo a dejar de lado ese llamado, sea cual sea la consecuencia.

Las secretarias se indignaron y hasta comenzaron a especular y a decir, “pobre de la que fue con él”; el de recursos humanos me dio una sanción y mi patrón me felicitó. A mí no me gusta mentir, y como el no ahondar en detalles no es mentir sino privacidad, les dije el meollo real del asunto (que pagué una habitación de motel), pero no les dije que fue para exorcizar mí cuerpo y volver a ser un ser humano, venezolano y pagador de impuestos productivo y feliz.

Esta enseñanza les puede servir de dato, pero aunque haya dicho al principio que este tipo de cosas se cuentan cuando uno ya no se siente incómodo, les aseguro que han pasado ya décadas y me incomoda haber tenido que pagar por un acto que está atado directamente con el derecho a la vida. Porque una tripa tapada o el escarnio público por hacerse uno encima y tan lejos de casa, no es vivir.

@Humoristech 

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