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lunes

LA CANCHA QUE SEGUIRÁ AHÍ, E IGUAL

Por primera vez pisaba yo esa cancha de juegos, la única del sector, y digo primera vez pues así lo sentí aunque había estado una que otra vez ahí, ya que era el día en que me decidía a jugar y compartir con los otros muchachos, tratando de esta manera de quitarme ese absurdo miedo a socializar o a que me tildaran de niña por no saber jugar bien nada, o hacer los movimientos de una forma tal que no fuese la correcta y que diera motivo a la burla y la risa, pues ya desde pequeño sabía lo hostiles e hirientes que pueden ser algunos niños en sus palabras, juegos pesado o cuando no les gusta tu presencia, casi igual que los adultos, y si son peleoneros o montoneros con más razón, sea porque tu les presentas alguna debilidad o cuando lo haces muy bien, pues ellos no pueden soportar algo así, y por eso se envalentonan, y por el puro gusto de fastidiar o buscar ser el rey o reyes de la zona, se ensañan contigo, y los demás, por no ser las nuevas víctimas, los respaldan.
La cancha se encontraba derruida por falta de una mano amiga de los encargados de tenerla apta, pero esto no limitaba a ningún muchacho o muchacha para jugar en su bicicleta –o en una prestada-, básquet, pelotica de goma, voleibol, futbolito, béisbol, o sólo echar carreras, y era aceptada por cada niño pues era el lugar que se prestaba solito para que fuesen felices luego de las tareas y al bajar el sol, era el sitial de todos, incluyendo a los chicos malos, que ahora que lo pienso bien ¿cómo no iban a ser ellos así?, si en su crianza fueron guiados y obligados a ser más machos que ninguno y no dejarse pisar por nadie, sin soportar sus padres su propia identidad, es por ello que ese ser rebelde estaba arraigado en ellos, en unos con más fuerza que en otros, pero con lo que se identificaban y entendían, y esa frustración de ser lo que le imponían, esa rabia, celo o como lo quieran llamar, la desquitaban en la humanidad de algún chico o chica que demostrara ser más destacado en cualquier actividad, fuera escolar, deportiva, cultural o el sólo serle agradable a los demás, eso les molestaba y motivaba, igual a que fuesen al contrario de esas cualidades, lo que era una mejor excusa de ser abusivos.
El destino nos congregó allí aquel día en que quise jugar a mis anchas y no seguir plantado frente a los libros, la televisión o imaginando amigos perfectos que si podía soportar pues se amoldaban a mis necesidades y querencias. Le dije a un vecinito que me enseñara a jugar básquet, me enseño un poco a flexionar y a lanzar, pero mi parada y mi poca fuerza se convirtieron en el detonante de las burlas hacia mí por parte de esos muchachos, en una ocasión que se me escapó el balón y fui a buscarlo, ellos quisieron quitármelo –y lo hicieron-, se burlaron a su gusto y luego el líder me golpeó con el mismo balón en la boca del estómago para dejarme sin aire y llorando, sin que los que veían la escena me ayudaran pues les daba pena y aparte no querían hacerme compañía en el suelo, entre ellos mi vecinito que salió corriendo sin voltear.
Sentía al enjugarme las lagrimas, que todo debía ser así y soportarlo, que era parte de una especie de iniciación muy dura e injusta; pero uno de los que estaba en el grupo de los malos, no soportó tal abuso, y al intentarme yo ir a mi casa el me detuvo y me habló, convenciéndome que me quedara, y diciéndome que de seguro eso no se me olvidaría, pero la manera de que no me ocurriera ni dentro o fuera de ella, era que aprendiera a jugar con ganas si de verdad lo quería, a mi propio ritmo, eso me haría ganarme el respeto. Luego de eso, día tras día él mismo me fue enseñando a jugar, ya que mi vecinito no quería pasar otra “raya” de esas conmigo; y aunque yo no progresaba a nivel de bueno, si tenía mucho entusiasmo y se notaba, los mismos chicos malos me veían y ya no se metían conmigo por estar con uno de sus compinches como tutor al principio, pero luego de que éste se mudó de la zona, no lo hacían tampoco pues aceptaban que yo me había ganado el derecho a jugar tranquilo y que fui condescendiente con ellos por no acusarlos, en retribución a lo que hacía mi ex – tutor. Tanto llegaron a respetarme que una vez el líder me quitó de nuevo el balón pero esta vez para que jugáramos todos; recuerdo que los de mi equipo y yo perdimos ese tres a tres que pautamos, pero lo disfrute porque ellos me veían con más respeto, que me había integrado al ambiente de la cancha, más no a ser como ellos, y que no era el tonto que pensaban era. Después de ello, a veces compartíamos pero de a poco, pues seguíamos con nuestro distinto pensar y actuar, pero en la cancha éramos, a veces rivales, a veces del mismo equipo. Y fuera de ella nos saludábamos, a veces un chiste mutuo, me preguntaban sobre las tareas de la escuela y otras veces yo les pedía jugar con ello a tocar timbres y salir corriendo.
Hoy en día, ya todos crecidos, seguimos con una línea de vida similar, ellos tiene una forma de trato familiar y social casi igual, son machistas, bullangueros, a veces toscos, profesionales algunos y otros no, dependientes del trabajo igual que yo, que aún siendo un pre – profesional universitario, trabajo para el sustento diario con mi sueldo básico como ellos, sigo siendo calmado, simple y algo torpe para las habilidades manuales, pero al vernos eso no nos limita para tratarnos, con saludos, una mano de ayuda cuando nos requerimos y en la medida delas posibilidades, nunca con una amistad en todo el esplendor de la palabra, pero sabemos que uno puede necesitar del otro y viceversa, en las carencias y vida de cada quien. ¿Y la cancha? , sigue ahí, más vieja y con el mismo descuido de antes, silente observadora de cómo cada día en ella hay todo tipo de niños, los que les dejan ser por ellos mismos desde el seno del hogar, como los que son cambiados porque sus padres no pueden tolerar su inocencia y desean cambiarla a su ser de adulto de manera imponente; es en fin un lugar cíclico, con las mismas historias pero con otros protagonistas y otros tiempos, que siempre necesitarán mejorarse, adaptarse y tolerarse para crecer de manera más armónica, para su vida privada como pública.

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